Roberto Aizenberg / Dibujos

15 de septiembre al 15 de noviembre de 2014

El dibujo tiene un lugar central en la obra de Roberto Aizenberg. Se trata, estrictamente, de una de las dos facetas que componen su mundo creativo. La otra, por supuesto, es la pintura. Excepto en algunos casos en que ciertos rasgos de sus dibujos y de sus pinturas se visitan y se relacionan formalmente, los espíritus que animan uno y otro medio se distancian. Para decirlo de una manera muy simple: Aizenberg es un pintor “clásico” en sus óleos y uno absolutamente moderno en sus dibujos. Sus pinturas son densas, con una fuerte aura metafísica, sugerentes, por momentos solemnes, deliberadamente frías. Por el contrario, sus dibujos tienen una libertad mayor, son lúdicos, caprichosos, irónicos, ambiguos, a veces inquietantes y otras ligeramente siniestros. Pero siempre mantienen al espectador a distancia, no buscan pathos o complicidad. Es fascinante, para quien ha tratado en la intimidad a Aizenberg, comprobar de qué manera estos dos aspectos de su obra corresponden estrictamente a rasgos muy marcados de su personalidad. Con sus amigos Bobby Aizenberg era jocoso, bromista, afectuoso, irónico, juguetón, contradictorio. Muy apodíctico y seguro en sus opiniones, sobre todo en materia artística. Tenía una verdadera veneración por quien fue su maestro, Juan Batlle Planas, quien lo influyó mucho, formal y espiritualmente, sobre todo en sus primeras obras. (Aizenberg buscó y aprovechó la influencia de algunos artistas que admiraba profundamente y de cuya obra se nutrió, tomando de ellos recursos formales y teóricos que hizo suyos: De Chirico, Ernst, Picasso eran sus dioses tutelares. Pero también Piero della Francesca, Pisanello, Durero. De todos ellos, y de otros artistas a los que miró y estudió con atención, encontramos rastros en sus trabajos.) Por otro lado, una y otra vez al hablar de la obra de Aizenberg, se recurre a los términos enigma o enigmática. Y esta característica, evidente en su arte, también estaba presente –a pesar de su trato jovial– en su personalidad. Hay instalado en el centro de la obra de Aizenberg un misterio que uno percibe y que no es inmediatamente descifrable. Una densidad, un secreto inasible. Un enigma.

La exposición está compuesta por sesenta dibujos fechados entre los años cincuenta y los noventa, muchos de ellos nunca antes exhibidos. Se editó un catálogo con un texto escrito por Italo Calvino, a quien Aizenberg conoció y frecuentó en Italia en los años ochenta.