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La Galería Jorge Mara – La Ruche anuncia la apertura de una exposición de la fotógrafa argentina Lucía Mara.

La muestra consiste en fotografías y fotograbados realizados en el curso de los últimos cinco años, durante los cuales la artista estudió y trabajó en diversas ciudades de los Estados Unidos y Europa. Un libro editado para esta ocasión recoge las imágenes registradas en el asiduo recorrido de la fotógrafa por la ciudad que es, en esencia, su tema y su objetivo.

La ciudad le propone a Lucía la evidencia de lo que –en un agudo texto escrito para esta publicación por Antonio Muñoz Molina- el escritor español define como “arte accidental”, un arte que nace espontáneamente, sin que nadie se lo haya propuesto conscientemente; una manifestación de belleza inesperada, a veces secreta, que la fotografía capta, registra y hace suya.

Muñoz Molina prosigue en su texto (titulado Alguien que anda por ahí): “Cuando Lucía va por la ciudad y elige como motivo de una foto un cartel desgarrado, mucho más bello precisamente por su desgarrón, está remontándose a una tradición que viene de más atrás que Walker Evans, y que tiene su origen en Baudelaire más que en Nadar.

En el caso de Lucía Mara, esta genealogía toma un quiebro repentino porque su manera de usar el color se acerca a la pintura, y entonces esos rojos nos hacen acordarnos de William Eggleston y también de Alex Katz. (…) Lucía, como es propio de su gremio, disfruta de ir por ahí con la libertad del anonimato, que es lo que le permite observar el mundo reduciendo al mínimo su propia presencia, como ese príncipe de incógnito del que habla Baudelaire.

Su originalidad no está en un amaneramiento tan fácilmente reconocible como el logo de una marca, sino en algo mucho más sutil, en la intensidad particular con que se fija en unas cosas y no en otras, no en un mundo arcano sino en lo que está a plena luz, delante de los ojos de todo el mundo.

Incluso al hacerse un autorretrato elude cautelosamente el primer plano del yo. Está en el reflejo más o menos indirecto en un escaparate, o en la propia sombra, como Vivian Maier, o con la cara medio oculta tras el gran ojo de la cámara.

Es ella y solo ella, con su mirada, con su cámara, en su tiempo, en las ciudades que conoce. También podría ser cualquiera. Es el privilegio del caminante de la ciudad y del fotógrafo”.